La carretera hasta la escuela de Los Patios no era más que un camino de tierra y piedra, como son casi todas las carreteras de Honduras. Viajábamos en una paila, como denominan allí a las camionetas con una caja trasera descubierta para llevar carga o transportar personas, que tanto abundan en el país.

Nuestro conductor, un muchacho con apenas unas semanas de licencia de conducir, caló el motor varias veces en las cuestas más empinadas. Pero el día resplandecía y la escasa velocidad a la que íbamos nos permitía disfrutar del paisaje, siempre cambiante en sus colinas repletas de cafetales, maizales y arbolado… todo un vergel.

En una hora alcanzamos la escuela, una sencilla construcción con tejado a dos aguas, como de cuento en aquel paisaje. Los niños  y niñas estaban esperándonos sentados en sus mesitas, tímidos y silenciosos, tan diferentes de los alborotados niños que habíamos conocido en las escuelas de Tegucigalpa.

Trabajamos varios juegos y manualidades que habíamos preparado y el tiempo pasó muy rápido. Nos despedimos de ellos y de sus cuidadoras, de la sencilla y pulcra escuelita. Una gota más, pequeña pero resplandeciente, del maravilloso proyecto en Honduras.

Este es el testimonio de Joaquín, uno de nuestros voluntarios de Campos de Solidaridad. ¿Quieres ver más testimonios?